Mirada cristalina. El silencio que abraza el entorno es
denso. Ella sabe que no soportará por mucho… sabe que las cosas están a punto
de cambiar, y le aterra.
Desde niña le enseñaron buenos modales, y prefiere guardar
silencio y no entrometerse en los asuntos de otros, por más que le afecten, por
más que le duelan, es educada y no dirá opinión alguna.
Los ve todos los días recorrer el mismo camino de siempre, pero
hay algo que cambió. Ahora, él camina con una nueva persona, y ella con otra. Sabe
que él es feliz, lo puede sentir, y no, no va a interferir. Prefiere el
silencio.
Se sienta todos los días en la misma mesa del café donde lo
conoció… sabe que nunca volverá, tomó un nuevo rumbo, un rumbo donde ella
guardo silencio, guardo silencio y no le dio su opinión, cada vez que lo
medita, se va dando cuenta que realmente él nunca le pidió una opinión… es por
eso que ella nunca lo hablo, y sabe que aunque se lo hubiese pedido jamás se lo
diría.
Hojea su viejo diario con su taza de café delante de ella,
repasa los versos que escribió una tarde de otoño, cuando lo vio entrar por
primera vez a esa pequeña e intima cafetería, vestía pantalones oscuros y una
camisa blanca, pero sobretodo... la sonrisa, esa sonrisa tan sincera que
expresaba a todos a su alrededor. Recuerda que agachó el rostro con timidez, no
quería que la viese, no quería que la notara… pero el chico lo hizo en aquella
tarde, esa tarde cambió la vida para ambos de una manera increíble.
En esa misma mesa, pasaron las tardes más felices de sus
vidas, los momentos más dulces que alguien pudiese imaginar, las bromas, los
cuentos, los sueños, todo quedó impregnado en el olor a café que desprendía el
lugar.
Esta tarde, meses después de que las cosas comenzarán a trastornarse…
ella lo vio entrar a la pequeña cafetería, a su cafetería, hubiesen visto la
esperanza de sus ojos, la ligera sonrisa que dibujaron sus labios rosados, pero
al final, todo esto desvaneció…
No venia solo, la otra chica venía con él… ella no tenía ningún
derecho en reclamarle, era obvio que la pelirroja que lo acompañaba era la
nueva dueña de su corazón, él la miró, y ambos lo saben, ninguno hizo nada,
ninguno se dirigió la palabra.
Su mirada se tornó cristalina… el silencio que rodeaba el
lugar era denso, el aroma a café le quemaba la garganta por recuerdo… Volvió a
tomar su diario, esta vez partió, partió de esa cafetería, para no volver
jamás, ella no volverá jamás.

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