lunes, 28 de enero de 2013

Un diario y un café.



Mirada cristalina. El silencio que abraza el entorno es denso. Ella sabe que no soportará por mucho… sabe que las cosas están a punto de cambiar, y le aterra.

Desde niña le enseñaron buenos modales, y prefiere guardar silencio y no entrometerse en los asuntos de otros, por más que le afecten, por más que le duelan, es educada y no dirá opinión alguna.

Los ve todos los días recorrer el mismo camino de siempre, pero hay algo que cambió. Ahora, él camina con una nueva persona, y ella con otra. Sabe que él es feliz, lo puede sentir, y no, no va a interferir. Prefiere el silencio.

Se sienta todos los días en la misma mesa del café donde lo conoció… sabe que nunca volverá, tomó un nuevo rumbo, un rumbo donde ella guardo silencio, guardo silencio y no le dio su opinión, cada vez que lo medita, se va dando cuenta que realmente él nunca le pidió una opinión… es por eso que ella nunca lo hablo, y sabe que aunque se lo hubiese pedido jamás se lo diría.

Hojea su viejo diario con su taza de café delante de ella, repasa los versos que escribió una tarde de otoño, cuando lo vio entrar por primera vez a esa pequeña e intima cafetería, vestía pantalones oscuros y una camisa blanca, pero sobretodo... la sonrisa, esa sonrisa tan sincera que expresaba a todos a su alrededor. Recuerda que agachó el rostro con timidez, no quería que la viese, no quería que la notara… pero el chico lo hizo en aquella tarde, esa tarde cambió la vida para ambos de una manera increíble.

En esa misma mesa, pasaron las tardes más felices de sus vidas, los momentos más dulces que alguien pudiese imaginar, las bromas, los cuentos, los sueños, todo quedó impregnado en el olor a café que desprendía el lugar.

Esta tarde, meses después de que las cosas comenzarán a trastornarse… ella lo vio entrar a la pequeña cafetería, a su cafetería, hubiesen visto la esperanza de sus ojos, la ligera sonrisa que dibujaron sus labios rosados, pero al final, todo esto desvaneció…

No venia solo, la otra chica venía con él… ella no tenía ningún derecho en reclamarle, era obvio que la pelirroja que lo acompañaba era la nueva dueña de su corazón, él la miró, y ambos lo saben, ninguno hizo nada, ninguno se dirigió la palabra.

Su mirada se tornó cristalina… el silencio que rodeaba el lugar era denso, el aroma a café le quemaba la garganta por recuerdo… Volvió a tomar su diario, esta vez partió, partió de esa cafetería, para no volver jamás, ella no volverá jamás.

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