La miró pasar como cada lunes, este día ella optó por ese
vestido rojo, con sus zapatillas de charol, sus caireles color miel caían en
sus hombros, sus mejillas rosadas, y su preciosa sonrisa.
La llamaba “la mujer de su vida”, se encontraba hipnotizado
con ella, la veía como su musa, aquella quien lo motivaba a querer llegar hacia
aquella nota en su guitarra imposible de alcanzar.
Lleva años, enamorado de ella. Meses esperándola para verla
pasar. Y tan solo pocas semanas en que planeó hablarle. Y había llegado su día.
Espero a que pasara por el parque, sabía que se detendría a
leer en la banca frente al lago, siempre se pasa horas ahí, leyendo una tonelada
de libros, le fascinaba el hecho de ver una mujer así.
Caminó lento, arrastraba con pesadez los pies, repasaba el
discurso que practicó durante toda la noche, respiraba lento, trataba de calmar
sus nervios.
Era su momento, se acercó a la banca de madera del lago.
– Hola… – sentía que el mundo se le venía encima, le
temblaban las piernas.
Para su suerte, ella levantó la mirada y se enterneció.
Nunca fue un chico feo, pero tampoco agraciado, era un chico que fácilmente se
perdía en la multitud, era solo uno más, aunque nadie viese el gran tesoro que
poseía, y nadie está hablando de bienes, pero ella esa tarde lo noto, y esa
tarde se enamoró.
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