Nunca había tenido problema para conciliar el sueño, hasta que lo conocí. De pronto las noches se volvieron más largas entre la poesía, las risas y la vida; día a día me repetía el no querer irme a dormir por miedo a que desapareciera de mi vida, vivía con el temor a que fuera un simple producto de mi imaginación, porque alguien así no podía existir sólo porque si.
Y me gustaba sentarme a soñar despierta con sus ojos y su sonrisa, porque a mis ojos tenía una de las sonrisas más lindas que me he topado, y en sus ojos fui capaz de ver reflejados tantos misterios y secretos, pero nunca fui valiente para preguntar, porque no era mi lugar.
Todas las noches se encontraba esa constante batalla por estar despierta el mayor tiempo posible todo por el miedo a que si cerraba mis ojos, él desaparecería. Y tal como lo pensaba, una noche me dormí, y él se fue.
Una noche ya no pude más. Estaba exhausta de esa batalla, a la cual no se le veía un final; quería un respiro, un escape, una breve pausa; tome valentía y cerré los ojos.
Cerré mis ojos y ya no lo vi más, me veía a mi misma por la vida, caminando sin rumbo fijo, pero no me sentía más cansada, tal vez un poco sola y desubicada, pero nunca más exhausta.
Cuando abrí los ojos, él ya no estaba, él había partido. Me tocó verlo después , pero ya no era el mismo de un inicio, y ahí fue cuando me dolió, y me quise arrepentir de haberme dormido.
Pensé que si regresaba a mi lucha con el sueño y me mantenía despierta a diario por las noches, él volvería, tal vez algún día.
Al final, pasaron algunos cuantos días y él nunca volvió... Y lo único que me dejó es que yo nunca había tenido problema para conciliar el sueño, hasta que lo conocí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario