miércoles, 6 de abril de 2016

Nunca había tenido problema para conciliar el sueño, hasta que lo conocí.

Nunca había tenido problema para conciliar el sueño, hasta que lo conocí. De pronto las noches se volvieron más largas entre la poesía, las risas y la vida; día a día me repetía el no querer irme a dormir por miedo a que desapareciera de mi vida, vivía con el temor a que fuera un simple producto de mi imaginación, porque alguien así no podía existir sólo porque si.

Y me gustaba sentarme a soñar despierta con sus ojos y su sonrisa, porque a mis ojos tenía una de las sonrisas más lindas que me he topado, y en sus ojos fui capaz de ver reflejados tantos misterios y secretos, pero nunca fui valiente para preguntar, porque no era mi lugar.

Todas las noches se encontraba esa constante batalla por estar despierta el mayor tiempo posible todo por el miedo a que si cerraba mis ojos, él desaparecería. Y tal como lo pensaba, una noche me dormí, y él se fue.

Una noche ya no pude más. Estaba exhausta de esa batalla, a la cual no se le veía un final; quería un respiro, un escape, una breve pausa; tome valentía y cerré los ojos.

Cerré mis ojos y ya no lo vi más, me veía a mi misma por la vida, caminando sin rumbo fijo, pero no me sentía más cansada, tal vez un poco sola y desubicada, pero nunca más exhausta.

Cuando abrí los ojos, él ya no estaba, él había partido. Me tocó verlo después , pero ya no era el mismo de un inicio, y ahí fue cuando me dolió, y me quise arrepentir de haberme dormido.

Pensé que si regresaba a mi lucha con el sueño y me mantenía despierta a diario por las noches, él volvería, tal vez algún día.

Al final, pasaron algunos cuantos días y él nunca volvió... Y lo único que me dejó es que yo nunca había tenido problema para conciliar el sueño, hasta que lo conocí.


No hay comentarios:

Publicar un comentario